Cuando tenía diecisés años (¡tiempos aquellos!) casi cualquier cosa en vacaciones era motivo de alegría. Sobre todo me gustaba pasar tiempo con las amigas. En compañía paseábamos, íbamos a la playa, escuchábamos música, compartíamos secretos, bailábamos en las fiestas... E inventábamos un futuro lleno de sueños por cumplir.
También esperaba impaciente la llegada de los días de estancia en la casa de la aldea donde nació mi padre, junto a mis tíos y primos. ¡Era para mí todo un acontecimiento! Por el día los jóvenes acostumbrábamos ir al río, caminábamos por los prados cerca de las vacas pastando, cogíamos moras... Los días de la fiesta nos quedábamos a dormir unas treinta o cuarenta personas, en colchones de paja improvisados sobre el suelo del sobrado. Así, por la noche la diversión estaba garantizada, más incluso dentro de casa que en el propio campo de la fiesta. ¡Únicamente tenía un serio problema el que quisiera dormir!
Después, vuelta a la ciudad. Y a las amigas. Antes de comenzar el nuevo curso, siempre había tiempo para dedicar alguna tarde a ir hasta el centro de paseo. Entonces visitábamos las barracas de feria que adornan en agosto los jardines, íbamos al cine o tomábamos un enorme helado en La Italiana.
A los dieciséis años, sin obligaciones ni serias preocupaciones, las vacaciones sí eran vacaciones.

